Siempre había tenido pesadillas, pero ahora las sufría cada noche. No eran pesadillas en general; en realidad, era siempre la misma pesadilla. Cualquiera hubiera pensado que habría terminado aburriéndome después de tantos meses, que me habría inmunizado, pero el sueño me aterraba siempre y sólo terminaba cuando despertaba entre gritos.
Es probable que mi peadilla no hubiera asustado a nadie más. No había nada que saltara y gritase ''¡buuu!''. No había zombis ni fantasmas ni psicópatas. En realidad, no había nada, sólo un vació, un interminable laberinto de árboles cubiertos de musgo, tan calmo, que el siliencio se convertía en una presión incómoda sobre mis oídos. Estaba oscuro, como en el crepúsculo de un día nublado, con la luz justa para distinguir que no había nada a la vista. Siempre estoy corriendo a través de la penumbra sin una dirección definida. Me pongo más y más frenética a medida que pasa el tiempo e intento moverme más deprisa. Parezco torpe a pesar de la velocidad... Entonces, llegaba a aquel punto de mi sueño. Sabía con antelación que iba a llegar a él, pero, a pesar de ello, no era capaz de despertarme antes. Era ese momento en el que me daba cuenta de que no había nada que buscar, nada que encontrar, que nunca había habido otra cosa que no fuera ese bosque vacío y lóbrego y que nunca habría ninguna otra cosa para mí, nada de nada.
Por lo general, empezaba a gritar en ese momento.