martes, 7 de abril de 2009


Ya no quería seguir peleando. Y no eran ni el mareo ni el frío ni el fallo de mis brazos debido al agotamiento muscular los que me hacían resignarme a quedarme donde estaba. No. Me sentía casi feliz de que todo estuviera a punto de acabar. Era una muerte mejor que las otras a las que me había enfrentafo, una muerte curiosamente apacible.
¿Porqué debía luchar si estaba tan feliz en aquel sitio? Aunque los pulmones me ardían por falta de aire y las piernas se me acalambraban en el agua gélida, estaba contenta. Ya había olvidado en qué consistía la aunténtica felicidad. Felicidad. Hacía que la experiencia de morir fuese más soportable.
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Yasmín y Diamela, las amo(L)